Rafael se encontraba desnutrido y deshidratado, un detalle sin importancia ya que en el purgatorio no le era posible morir, por mucho que lo deseara, solo le causaba un infinito dolor, que se acentuaba con el de las muñecas, heridas profundas causadas por las cadenas que le mantenían preso.
El silencio comenzó a reinar en las profundidades del averno, desde que Rafael se encontraba en aquel extraño lugar, los gritos de agonía eran incesantes. Miro nervoso a un lado y a otro de la galería, a lo mejor había llegado su hora. Una luz cegadora hizo desaparecer la oscuridad y el sonido mas bello que había oído en toda su existencia comenzó a apoderarse de su alma. Todo sucedió en una milésima de segundo, la luz, el aturdimiento, la paz que comenzaba a sentir y ante sus ojos, una figura femenina se alzaba en todo su esplendor. Su cabello era oscuro a la altura de los hombros, la tez era pálida y sus ojos de un intenso marrón claro, que le recordaba a sus antiguas tardes sentado en un claro del bosque; de sus omóplatos nacían unas alas blancas que iluminaban el corredor.- Rafael, soy Auriel y vengo a salvarte de la oscuridad.
- ¿Por qué e de recibir tal honor?
- Tu alma es pura, no merece ser castigada.
Auriel toco las cadenas y estas se deshicieron en polvo, liberando a Rafael.
- Toma mi mano, ya se acabo todo el sufrimiento.
Rafael sostuvo la mano de Auriel. La luz ilumino el corredor, cegando cualquier mirada furtiva. Tras unos segundos, la oscuridad volvió a apoderarse de la galería, iluminada por la tenue luz de las antorchas, ya nadie se encontraba preso en aquel lugar.
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